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El comandante de la Brigada de Fuerzas Especiales exhorta a los aspirantes al cuerpo de elite del ejercito guatemalteco #Kaibiles #Guatemala

El comandante de la Brigada de Fuerzas Especiales exhorta a los aspirantes a Kaibiles que iniciaron su curso el 11 de julio de 2007
Los modernos soldados guatemaltecos  #Kaibiles ““Si avanzo,  sígueme; si caigo, ayúdame ,si retrocedo, mátame”  

“Quien no haya participado en una emboscada”, dice un comandante de la antigua guerrilla que prefiere el anonimato, “no puede imaginar la carnicería que significa”. Bebe un sorbo de café y añade: “volaban descuartizados, pero apretando el gatillo. Más de una baja nos provocaron en esas circunstancias”. Con la mirada perdida en el recuerdo, mitad nostálgica, mitad horrorizada, no puede reprimir un deje de admiración al exclamar: “¡Qué hijos de puta!”.
Esta es, quizás, la mejor descripción de la capacidad de lucha de los Kaibiles, el cuerpo de élite del Ejército de #Guatemala, considerado entre los mejores del mundo para la lucha en selvas tropicales. Quienes superan el entrenamiento de 45 días para la tropa o 60 para la oficialidad —sin dianas ni toque de silencio, sino disponibilidad absoluta—, salen convertidos, literalmente, en máquinas de matar. Lo demostraron durante la guerra civil (1960-1996), y el prestigio alcanzado hace que oficiales de otros ejércitos de América Latina sean enviados a realizar ese entrenamiento.







Con la firma de la paz, que en diciembre de 1996 puso fin al enfrentamiento armado interno, había que buscar una misión para un cuerpo que es el mayor orgullo del Ejército guatemalteco, y una salida para hombres cuya capacidad de pelea está fuera de duda. Los primeros en percatarse de ello fueron los , que los contratan, con sueldos de general, para eliminar a los grupos rivales. No es ningún secreto. En las radios comunitarias de la zona fronteriza con México se pasan anuncios de reclutamiento, tanto en castellano como en cualquiera de las 23 lenguas vernáculas que se hablan en este país.
“Es algo inevitable”, comenta un oficial. “Desde el primer día, en los cuarteles o academias se nos inculcan los principios éticos propios de un Ejército. Pero una vez licenciados, cada quien hace su vida privada como quiere o como puede”.
La participación en la República Democrática del Congo, a pesar de ser en teoría una Misión de Paz, se ha cobrado su factura. El 23 de enero de 2006, ocho kaibiles murieron y cinco resultaron heridos al ser emboscados, con las primeras luces del día, por guerrilleros del Ejército de Resistencia del Señor (LRA, en Inglés). En el enfrentamiento, según fuentes del Ejército, murieron 50 guerrilleros. Un monumento colocado a la entrada del campamento de Cobán (al norte de guatemala), donde los enviados al Congo reciben un curso intensivo que hace énfasis en aspectos como los derechos de los prisioneros de guerra, recuerda a los caídos.






“Para nosotros son auténticos héroes”, dijo a el teniente Adrián Juárez quien, junto a otros 60 soldados aterrizó este fin de semana en El Congo, como parte del 15 contingente de reemplazo. Al ser preguntado por la despedida de su familia ante la posibilidad de volver en una caja de madera, afirma que, aunque dramática, forma parte de su condición de militar. “Soy soltero. Todavía vivo con mis padres. Y es natural que ellos comprendan que mi profesión lleva consigo riesgos muy elevados. Lógicamente, existe el factor sentimental y, como es natural, rodaron algunas lágrimas".
Desde que el Ejército guatemalteco abrió sus puertas a las mujeres, ellas también participan en las misiones de paz. Aleida Peñate lo hace en calidad de secretaria. Cuenta que le hace ilusión ayudar a otros seres humanos que viven en un contexto de conflicto. “Mi misión será, fundamentalmente de comunicaciones entre el contingente en África y la superioridad en Guatemala y la ONU”. También es soltera aunque se confiesa “casada con la fe, la católica”. Los soldados que han vuelto tras un año en el Congo están aislados. Al venir de un país donde el ébola ha hecho estragos, tienen que superar la cuarentena de rigor, por lo que no pueden ser entrevistados.














“Si retrocedo, mátame”


El nombre se inspira en Kaibil Balam, un príncipe del imperio Mam al que el conquistador Pedro de Alvarado nunca pudo someter, según la historia oficial. Este noble maya fue líder de la Guardia Real, cuerpo que exigía como prueba final de ingreso sobrevivir durante un mes lunar (28 días) sin alimentos, con un cuchillo de pedernal. Otros guerreros de élite perseguían a los aspirantes. Si caían prisioneros, eran expulsados del grupo y expuestos a la vergüenza pública.
Algunos de estos elementos fueron incorporados a los modernos Kaibiles por su fundador, el general retirado Héctor Pablo Nuila Hub, que tiene ahora 79 años. La dureza del entrenamiento queda reflejada tanto en el letrero a la entrada de su campamento de Poptún, “Bienvenidos al hogar infierno kaibil”, como en el lema que los oficiales graban a fuego en la mente de los aspirantes: “Si avanzo, sígueme; si caigo, ayúdame; si retrocedo, mátame”.

Pero con el paso de los años este grupo de militares, entrenados por los marines, mudó de piel. Ahora son reconocidos como la tropa de elite más temida del continente, la primera línea de choque contra el narcotráfico.
La leyenda cuenta que Kaibil Balam era un rey Maya nunca atrapado por los conquistadores. Los kaibiles, las «máquinas de matar» del Ejército guatemalteco –una mezcla de «Rangers» estadounidenses, gurkas británicos y comandos peruanos–, son entrenados en «El Monasterio», un Centro de Operaciones Especiales ubicado en la región de Poptún –antes denominado el «Infierno»–, a 415 kilómetros al norte de la capital de Guatemala.
Los kaibiles, fieles a su misticismo, nos reciben en mitad de la noche. Dos soldados con el rostro pintado y antorchas escoltan el camino. Un tercero se adelanta, nos da la mano y nos explica que es necesario atravesar algunos kilómetros corriendo.
En mitad del camino nos tienden una emboscada, una granada explota y francotiradores ocultos nos disparan. Caemos al suelo. Al levantarnos nos explican que es la bienvenida que ofrecen a sus invitados de «honor». No parecen reírse, tan solo preguntan si estamos bien. Poco después, inician el ritual en el cerro del honor con más tiros y antorchas. Todo está listo para un nuevo día de entrenamiento.
Los miembros de la fuerza de élite son sometidos durante ocho semanas a un entrenamiento de supervivencia en condiciones extremas, con un lema siempre presente: «Kaibil, si avanzo, sígueme; si me detengo, aprémiame. ¡Si retrocedo, mátame!»
Cuando sale el sol los estridentes cañonazos y el olor a pólvora ahuyentan a las aves, es el pistoletazo de salida de una jornada que promete ser extenuante. Mientras, los hombres con traje de «fatiga» se desplazan pecho a tierra entre el espeso follaje selvático. Se trata de una demostración de la destreza que estos soldados –indígenas en su mayoría– han adquirido como resultado de un procedimiento desgastante y de privaciones que los ha convertido en implacables soldados de fortaleza inaudita.
El curso para ser kaibil comprende tres etapas: la primera tiene una duración de 21 días de instrucción teórica y entrenamiento práctico en la que se mide el grado de espíritu militar y el nivel moral del aspirante. La segunda fase se desarrolla en la selva por 28 días y al final del severo entrenamiento, el kaibil debe saber actuar con destreza en una guerra irregular, ser capaz de cruzar corrientes de agua, pantanos, riscos, hacer demoliciones detectar y desactivar minas.
En la última etapa, el aspirante a kaibil, acostumbrado a comer culebras, hormigas, raíces, y a captar el agua del rocío en hojas, debe efectuar ataques de aniquilamiento, maniobras de inteligencia, penetraciones en territorio enemigo y reabastecimiento.
El visitante común se derrite en plena selva del Petén guatemalteco. En el caso de los militares muchos no tienen la suerte de culminar el curso y llevar sobre la cabeza la boina púrpura y los emblemas.
Morir en el intento
Apenas un 10% se gradúan y otros mueren en el intento. No realizan las pruebas adecuadamente. Otros mueren por golpes de calor, ataques al corazón o por accidentes, ya sea escalando, en caída libre desde el helicóptero o en ejercicios con fuego real. En una ocasión un aspirante falleció tras recibir un golpe de otro kaibil, en una práctica de artes marciales», nos confirma el teniente, Osmar Aragón.
Quienes deseen llevar la insignia de kaibil tienen que pasar pruebas como aguantar dos días sin dormir en un río con el agua hasta el cuello o bajar a rappel colgado de una cuerda con el rifle al hombro. Si las fuerzas no les alcanzan caerán sobre las rocas. El kaibil, que significa «hombre estratega; el que tiene la fuerza y la astucia de dos tigres», utiliza decálogos totalmente agresivos: «Siempre atacar, siempre avanzar»; «el ataque de un kaibil será planeado con secreto, seguridad y astucia, porque el kaibil es una máquina de matar».
Como parte de su preparación los enseñan a matar animales vivos en la selva, desde perros a gallinas a las que arrancan el cuello de un mordisco, como muestran los vídeos que en los 90 les hicieron tristemente célebres. Otra parte especialmente dura es la comida. Los soldados llegan exhaustos, hambrientos, pero tan solo tiene medio minuto para comer. La escena es dantesca: soldados intentando ingerir los víveres mientras son insultados por sus instructores. Algunos vomitan, otros roban la comida a sus compañeros.
Al término del entrenamiento cuando se licencian, los Comandos se dan un banquete con carne de lagarto asada, iguana y venado. Además tienen el privilegio de tomar por la fuerza al Ministro de Defensa de Guatemala, que siempre acude a las graduaciones y lanzarlo a un estanque donde hay cocodrilos. El lago tiene grandes dimensiones y la tradición es más simbólica que peligrosa, aunque siempre conlleva ciertos riesgos para el alto funcionario de turno.
Como parte de la culminación del curso cada uno de los militares toma la «Bomba», una mezcolanza de bebidas (tequila, whisky, ron, cerveza y agua) que es servido en un vaso de bambú en cuyo exterior y hacia el borde superior está atada una bayoneta. El militar tiene que tomar con cuidado la bebida porque puede embriagarse y acabar cortándose la frente con el cuchillo que sobresale por la parte superior del vaso.
A partir de entonces, los comandos ya pueden exhibir el escudo kaibil, que tiene un mosquetón de alpinismo, que simboliza unión y fuerza, la daga que está al centro de la imagen representa el honor mientras que su empuñadora con cinco muescas, significa los cinco sentidos permanentes del soldado.
Pero los kaibiles también sembraron el terror durante el conflicto armado de Guatemala. Todavía su nombre produce temor al ser pronunciado en las zonas rurales donde protagoniza muchas de las masacres que sufrió el país en 36 años de guerra civil, durante la dictadura de Ríos Montt.
La estrategia, descrita a menudo como la política de «tierra arrasada» se tradujo en violaciones de derechos humanos de extrema magnitud.
Especialmente cruel resultó la matanza perpetrada en Dos Erres. La noche del 6 de diciembre de 1982 un grupo de hombres fuertemente armados ingresó a la aldea y sacó de sus hogares a hombres, mujeres y niños. Los caminos fueron cerrados y todo aquel poblador que transitara por los mismos, también pasó a ser capturado. La comunidad entera fue exterminada. No se sabe con exactitud cuántas personas perecieron, pero en la exhumación, realizada entre 1994 y 1995 de un pozo de 12 metros se recuperaron 162 esqueletos, entre hombres, mujeres y niños.
«Llegaron a la aldea a las dos de la mañana. Lo primero, sacar a la gente de sus casas. Luego se procedió a torturar a los hombres. Un oficial violó a una niña. Ya eran las tres y media de la madrugada. A eso de las ocho de la mañana los militares dieron la orden de ejecutar a toda la población. La ejecución en sí, sin embargo, empezó a las catorce horas: un bebé de tres o cuatro meses fue lanzado vivo dentro del pozo», afirma a LA RAZÓN Raúl De Jesús Gómez Hernández, superviviente que perdió a sus padres, algunos hermanos, tíos y primos en la matanza. «Entre las mujeres, había niñas de doce y trece años, algunas de ellas fueron violadas. A las víctimas se las paraba a la orilla del pozo, con los ojos vendados, y se les daba un garrotazo en la cabeza. Después de los niños se fueron las mujeres, después los hombres. Mucha gente todavía estaba viva. Una vez lleno el pozo se procedió a cubrirlo con tierra», nos comenta a su lado, Felicita Erenia Romero Martínez, que también perdió en Dos Erres a sus papas, a sus tres hermanos menores y a su abuelo.
«Yo escapé de milagro, conocía unas veredas por donde nosotros pasábamos con las bestias –ganado– con carga. Tenía 17 años. Pase dos días durmiendo en el bosque hasta que volví, cuando regresé a la aldea no podía hablar, tenía un miedo rotundo, ya me imaginaba lo que había pasado», recuerda.
La verdad, en el ADN
En el cementerio de la Ciudad de Guatemala primero vienen los panteones, luego las tumbas de mármol y al final, pura tierra y estaca. En esta área, donde fueron enterrados los pobres y los «desaparecidos», es donde la Fundación de Antropología Forense de Guatemala (FAFG) levanta su campamento.
José Suasnavar, es antropólogo y subdirector de la FAFG, un organismo que se dedica a restaurar la identidad de las personas. Como cada día se introduce a una fosa, 25 metros bajo tierra, en busca de respuestas. En su interior aguardan los restos óseos de personas asesinadas durante el conflicto armado.
«Hay un reconocimiento de la verdad de los familiares cuando se encuentra con los restos, en condiciones en los que algunos habían sido testigos, pero se los había callado, se había desmentido sus historias de vida. Son su prueba. Si estudias un cráneo puedes saber su edad, si fue un menor y si fue ajusticiado con un tiro en la cabeza. Los huesos son testigos de la historia», comenta a LA RAZÓN, el antropólogo.

Ahora, a luchar contra el Narco

Se espera que la tropa kaibil adquiera un papel protagonista en la guerra contra el narcotráfico durante el actual gobierno del general Otto Pérez Molina. El presidente y también ex kaibil ha dicho que recurriría al apoyo de esos cuerpos militares por el grado de preparación, y en el de los paracaidistas, por su rápida movilización. «Lanzaré a los kaibiles contra el narco», dijo tras entrevistarte con el embajador de los EEUU. Según Pérez Molina, esos grupos de elite de las fuerzas armadas pueden dar un aporte considerable en el combate directo del narcotráfico.
Sin embargo tampoco hay que olvidar que los Zetas, el grupo paramilitar que siembra el terror en la frontera con México, fue fundado por kaibiles desertores y antiguos miembros de los GAFES– la tropa de élite mexicana–. Con los recursos de mueven los distintos cárteles mexicanos, que se calcula superan cinco veces el PIB guatemalteco, podría tratarse de una lucha desigual. Una batalla pérdida si los EEUU, los mismos que indirectamente financiaron el conflicto, no apoyan la causa.


Leer más:  Los kaibiles, una tropa de élite con un oscuro pasado  http://www.larazon.es/la-razon-del-domingo/los-kaibiles-una-tropa-de-elite-con-un-oscuro-EJ931754?sky=Sky-Mayo-2016#Ttt1fWbGPt6SvdBJ
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Pero con el paso de los años este grupo de militares, entrenados por los marines, mudó de piel. Ahora son reconocidos como la tropa de elite más temida del continente, la primera línea de choque contra el narcotráfico.
La leyenda cuenta que Kaibil Balam era un rey Maya nunca atrapado por los conquistadores. Los kaibiles, las «máquinas de matar» del Ejército guatemalteco –una mezcla de «Rangers» estadounidenses, gurkas británicos y comandos peruanos–, son entrenados en «El Monasterio», un Centro de Operaciones Especiales ubicado en la región de Poptún –antes denominado el «Infierno»–, a 415 kilómetros al norte de la capital de Guatemala.
Los kaibiles, fieles a su misticismo, nos reciben en mitad de la noche. Dos soldados con el rostro pintado y antorchas escoltan el camino. Un tercero se adelanta, nos da la mano y nos explica que es necesario atravesar algunos kilómetros corriendo.
En mitad del camino nos tienden una emboscada, una granada explota y francotiradores ocultos nos disparan. Caemos al suelo. Al levantarnos nos explican que es la bienvenida que ofrecen a sus invitados de «honor». No parecen reírse, tan solo preguntan si estamos bien. Poco después, inician el ritual en el cerro del honor con más tiros y antorchas. Todo está listo para un nuevo día de entrenamiento.
Los miembros de la fuerza de élite son sometidos durante ocho semanas a un entrenamiento de supervivencia en condiciones extremas, con un lema siempre presente: «Kaibil, si avanzo, sígueme; si me detengo, aprémiame. ¡Si retrocedo, mátame!»
Cuando sale el sol los estridentes cañonazos y el olor a pólvora ahuyentan a las aves, es el pistoletazo de salida de una jornada que promete ser extenuante. Mientras, los hombres con traje de «fatiga» se desplazan pecho a tierra entre el espeso follaje selvático. Se trata de una demostración de la destreza que estos soldados –indígenas en su mayoría– han adquirido como resultado de un procedimiento desgastante y de privaciones que los ha convertido en implacables soldados de fortaleza inaudita.
El curso para ser kaibil comprende tres etapas: la primera tiene una duración de 21 días de instrucción teórica y entrenamiento práctico en la que se mide el grado de espíritu militar y el nivel moral del aspirante. La segunda fase se desarrolla en la selva por 28 días y al final del severo entrenamiento, el kaibil debe saber actuar con destreza en una guerra irregular, ser capaz de cruzar corrientes de agua, pantanos, riscos, hacer demoliciones detectar y desactivar minas.
En la última etapa, el aspirante a kaibil, acostumbrado a comer culebras, hormigas, raíces, y a captar el agua del rocío en hojas, debe efectuar ataques de aniquilamiento, maniobras de inteligencia, penetraciones en territorio enemigo y reabastecimiento.
El visitante común se derrite en plena selva del Petén guatemalteco. En el caso de los militares muchos no tienen la suerte de culminar el curso y llevar sobre la cabeza la boina púrpura y los emblemas.
Morir en el intento
Apenas un 10% se gradúan y otros mueren en el intento. No realizan las pruebas adecuadamente. Otros mueren por golpes de calor, ataques al corazón o por accidentes, ya sea escalando, en caída libre desde el helicóptero o en ejercicios con fuego real. En una ocasión un aspirante falleció tras recibir un golpe de otro kaibil, en una práctica de artes marciales», nos confirma el teniente, Osmar Aragón.
Quienes deseen llevar la insignia de kaibil tienen que pasar pruebas como aguantar dos días sin dormir en un río con el agua hasta el cuello o bajar a rappel colgado de una cuerda con el rifle al hombro. Si las fuerzas no les alcanzan caerán sobre las rocas. El kaibil, que significa «hombre estratega; el que tiene la fuerza y la astucia de dos tigres», utiliza decálogos totalmente agresivos: «Siempre atacar, siempre avanzar»; «el ataque de un kaibil será planeado con secreto, seguridad y astucia, porque el kaibil es una máquina de matar».
Como parte de su preparación los enseñan a matar animales vivos en la selva, desde perros a gallinas a las que arrancan el cuello de un mordisco, como muestran los vídeos que en los 90 les hicieron tristemente célebres. Otra parte especialmente dura es la comida. Los soldados llegan exhaustos, hambrientos, pero tan solo tiene medio minuto para comer. La escena es dantesca: soldados intentando ingerir los víveres mientras son insultados por sus instructores. Algunos vomitan, otros roban la comida a sus compañeros.
Al término del entrenamiento cuando se licencian, los Comandos se dan un banquete con carne de lagarto asada, iguana y venado. Además tienen el privilegio de tomar por la fuerza al Ministro de Defensa de Guatemala, que siempre acude a las graduaciones y lanzarlo a un estanque donde hay cocodrilos. El lago tiene grandes dimensiones y la tradición es más simbólica que peligrosa, aunque siempre conlleva ciertos riesgos para el alto funcionario de turno.
Como parte de la culminación del curso cada uno de los militares toma la «Bomba», una mezcolanza de bebidas (tequila, whisky, ron, cerveza y agua) que es servido en un vaso de bambú en cuyo exterior y hacia el borde superior está atada una bayoneta. El militar tiene que tomar con cuidado la bebida porque puede embriagarse y acabar cortándose la frente con el cuchillo que sobresale por la parte superior del vaso.
A partir de entonces, los comandos ya pueden exhibir el escudo kaibil, que tiene un mosquetón de alpinismo, que simboliza unión y fuerza, la daga que está al centro de la imagen representa el honor mientras que su empuñadora con cinco muescas, significa los cinco sentidos permanentes del soldado.
Pero los kaibiles también sembraron el terror durante el conflicto armado de Guatemala. Todavía su nombre produce temor al ser pronunciado en las zonas rurales donde protagoniza muchas de las masacres que sufrió el país en 36 años de guerra civil, durante la dictadura de Ríos Montt.
La estrategia, descrita a menudo como la política de «tierra arrasada» se tradujo en violaciones de derechos humanos de extrema magnitud.
Especialmente cruel resultó la matanza perpetrada en Dos Erres. La noche del 6 de diciembre de 1982 un grupo de hombres fuertemente armados ingresó a la aldea y sacó de sus hogares a hombres, mujeres y niños. Los caminos fueron cerrados y todo aquel poblador que transitara por los mismos, también pasó a ser capturado. La comunidad entera fue exterminada. No se sabe con exactitud cuántas personas perecieron, pero en la exhumación, realizada entre 1994 y 1995 de un pozo de 12 metros se recuperaron 162 esqueletos, entre hombres, mujeres y niños.
«Llegaron a la aldea a las dos de la mañana. Lo primero, sacar a la gente de sus casas. Luego se procedió a torturar a los hombres. Un oficial violó a una niña. Ya eran las tres y media de la madrugada. A eso de las ocho de la mañana los militares dieron la orden de ejecutar a toda la población. La ejecución en sí, sin embargo, empezó a las catorce horas: un bebé de tres o cuatro meses fue lanzado vivo dentro del pozo», afirma a LA RAZÓN Raúl De Jesús Gómez Hernández, superviviente que perdió a sus padres, algunos hermanos, tíos y primos en la matanza. «Entre las mujeres, había niñas de doce y trece años, algunas de ellas fueron violadas. A las víctimas se las paraba a la orilla del pozo, con los ojos vendados, y se les daba un garrotazo en la cabeza. Después de los niños se fueron las mujeres, después los hombres. Mucha gente todavía estaba viva. Una vez lleno el pozo se procedió a cubrirlo con tierra», nos comenta a su lado, Felicita Erenia Romero Martínez, que también perdió en Dos Erres a sus papas, a sus tres hermanos menores y a su abuelo.
«Yo escapé de milagro, conocía unas veredas por donde nosotros pasábamos con las bestias –ganado– con carga. Tenía 17 años. Pase dos días durmiendo en el bosque hasta que volví, cuando regresé a la aldea no podía hablar, tenía un miedo rotundo, ya me imaginaba lo que había pasado», recuerda.
La verdad, en el ADN
En el cementerio de la Ciudad de Guatemala primero vienen los panteones, luego las tumbas de mármol y al final, pura tierra y estaca. En esta área, donde fueron enterrados los pobres y los «desaparecidos», es donde la Fundación de Antropología Forense de Guatemala (FAFG) levanta su campamento.
José Suasnavar, es antropólogo y subdirector de la FAFG, un organismo que se dedica a restaurar la identidad de las personas. Como cada día se introduce a una fosa, 25 metros bajo tierra, en busca de respuestas. En su interior aguardan los restos óseos de personas asesinadas durante el conflicto armado.
«Hay un reconocimiento de la verdad de los familiares cuando se encuentra con los restos, en condiciones en los que algunos habían sido testigos, pero se los había callado, se había desmentido sus historias de vida. Son su prueba. Si estudias un cráneo puedes saber su edad, si fue un menor y si fue ajusticiado con un tiro en la cabeza. Los huesos son testigos de la historia», comenta a LA RAZÓN, el antropólogo.

Ahora, a luchar contra el Narco

Se espera que la tropa kaibil adquiera un papel protagonista en la guerra contra el narcotráfico durante el actual gobierno del general Otto Pérez Molina. El presidente y también ex kaibil ha dicho que recurriría al apoyo de esos cuerpos militares por el grado de preparación, y en el de los paracaidistas, por su rápida movilización. «Lanzaré a los kaibiles contra el narco», dijo tras entrevistarte con el embajador de los EEUU. Según Pérez Molina, esos grupos de elite de las fuerzas armadas pueden dar un aporte considerable en el combate directo del narcotráfico.
Sin embargo tampoco hay que olvidar que los Zetas, el grupo paramilitar que siembra el terror en la frontera con México, fue fundado por kaibiles desertores y antiguos miembros de los GAFES– la tropa de élite mexicana–. Con los recursos de mueven los distintos cárteles mexicanos, que se calcula superan cinco veces el PIB guatemalteco, podría tratarse de una lucha desigual. Una batalla pérdida si los EEUU, los mismos que indirectamente financiaron el conflicto, no apoyan la causa.


Leer más:  Los kaibiles, una tropa de élite con un oscuro pasado  http://www.larazon.es/la-razon-del-domingo/los-kaibiles-una-tropa-de-elite-con-un-oscuro-EJ931754?sky=Sky-Mayo-2016#Ttt1fWbGPt6SvdBJ
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Pero con el paso de los años este grupo de militares, entrenados por los marines, mudó de piel. Ahora son reconocidos como la tropa de elite más temida del continente, la primera línea de choque contra el narcotráfico.
La leyenda cuenta que Kaibil Balam era un rey Maya nunca atrapado por los conquistadores. Los kaibiles, las «máquinas de matar» del Ejército guatemalteco –una mezcla de «Rangers» estadounidenses, gurkas británicos y comandos peruanos–, son entrenados en «El Monasterio», un Centro de Operaciones Especiales ubicado en la región de Poptún –antes denominado el «Infierno»–, a 415 kilómetros al norte de la capital de Guatemala.
Los kaibiles, fieles a su misticismo, nos reciben en mitad de la noche. Dos soldados con el rostro pintado y antorchas escoltan el camino. Un tercero se adelanta, nos da la mano y nos explica que es necesario atravesar algunos kilómetros corriendo.
En mitad del camino nos tienden una emboscada, una granada explota y francotiradores ocultos nos disparan. Caemos al suelo. Al levantarnos nos explican que es la bienvenida que ofrecen a sus invitados de «honor». No parecen reírse, tan solo preguntan si estamos bien. Poco después, inician el ritual en el cerro del honor con más tiros y antorchas. Todo está listo para un nuevo día de entrenamiento.
Los miembros de la fuerza de élite son sometidos durante ocho semanas a un entrenamiento de supervivencia en condiciones extremas, con un lema siempre presente: «Kaibil, si avanzo, sígueme; si me detengo, aprémiame. ¡Si retrocedo, mátame!»
Cuando sale el sol los estridentes cañonazos y el olor a pólvora ahuyentan a las aves, es el pistoletazo de salida de una jornada que promete ser extenuante. Mientras, los hombres con traje de «fatiga» se desplazan pecho a tierra entre el espeso follaje selvático. Se trata de una demostración de la destreza que estos soldados –indígenas en su mayoría– han adquirido como resultado de un procedimiento desgastante y de privaciones que los ha convertido en implacables soldados de fortaleza inaudita.
El curso para ser kaibil comprende tres etapas: la primera tiene una duración de 21 días de instrucción teórica y entrenamiento práctico en la que se mide el grado de espíritu militar y el nivel moral del aspirante. La segunda fase se desarrolla en la selva por 28 días y al final del severo entrenamiento, el kaibil debe saber actuar con destreza en una guerra irregular, ser capaz de cruzar corrientes de agua, pantanos, riscos, hacer demoliciones detectar y desactivar minas.
En la última etapa, el aspirante a kaibil, acostumbrado a comer culebras, hormigas, raíces, y a captar el agua del rocío en hojas, debe efectuar ataques de aniquilamiento, maniobras de inteligencia, penetraciones en territorio enemigo y reabastecimiento.
El visitante común se derrite en plena selva del Petén guatemalteco. En el caso de los militares muchos no tienen la suerte de culminar el curso y llevar sobre la cabeza la boina púrpura y los emblemas.
Morir en el intento
Apenas un 10% se gradúan y otros mueren en el intento. No realizan las pruebas adecuadamente. Otros mueren por golpes de calor, ataques al corazón o por accidentes, ya sea escalando, en caída libre desde el helicóptero o en ejercicios con fuego real. En una ocasión un aspirante falleció tras recibir un golpe de otro kaibil, en una práctica de artes marciales», nos confirma el teniente, Osmar Aragón.
Quienes deseen llevar la insignia de kaibil tienen que pasar pruebas como aguantar dos días sin dormir en un río con el agua hasta el cuello o bajar a rappel colgado de una cuerda con el rifle al hombro. Si las fuerzas no les alcanzan caerán sobre las rocas. El kaibil, que significa «hombre estratega; el que tiene la fuerza y la astucia de dos tigres», utiliza decálogos totalmente agresivos: «Siempre atacar, siempre avanzar»; «el ataque de un kaibil será planeado con secreto, seguridad y astucia, porque el kaibil es una máquina de matar».
Como parte de su preparación los enseñan a matar animales vivos en la selva, desde perros a gallinas a las que arrancan el cuello de un mordisco, como muestran los vídeos que en los 90 les hicieron tristemente célebres. Otra parte especialmente dura es la comida. Los soldados llegan exhaustos, hambrientos, pero tan solo tiene medio minuto para comer. La escena es dantesca: soldados intentando ingerir los víveres mientras son insultados por sus instructores. Algunos vomitan, otros roban la comida a sus compañeros.
Al término del entrenamiento cuando se licencian, los Comandos se dan un banquete con carne de lagarto asada, iguana y venado. Además tienen el privilegio de tomar por la fuerza al Ministro de Defensa de Guatemala, que siempre acude a las graduaciones y lanzarlo a un estanque donde hay cocodrilos. El lago tiene grandes dimensiones y la tradición es más simbólica que peligrosa, aunque siempre conlleva ciertos riesgos para el alto funcionario de turno.
Como parte de la culminación del curso cada uno de los militares toma la «Bomba», una mezcolanza de bebidas (tequila, whisky, ron, cerveza y agua) que es servido en un vaso de bambú en cuyo exterior y hacia el borde superior está atada una bayoneta. El militar tiene que tomar con cuidado la bebida porque puede embriagarse y acabar cortándose la frente con el cuchillo que sobresale por la parte superior del vaso.
A partir de entonces, los comandos ya pueden exhibir el escudo kaibil, que tiene un mosquetón de alpinismo, que simboliza unión y fuerza, la daga que está al centro de la imagen representa el honor mientras que su empuñadora con cinco muescas, significa los cinco sentidos permanentes del soldado.
Pero los kaibiles también sembraron el terror durante el conflicto armado de Guatemala. Todavía su nombre produce temor al ser pronunciado en las zonas rurales donde protagoniza muchas de las masacres que sufrió el país en 36 años de guerra civil, durante la dictadura de Ríos Montt.
La estrategia, descrita a menudo como la política de «tierra arrasada» se tradujo en violaciones de derechos humanos de extrema magnitud.
Especialmente cruel resultó la matanza perpetrada en Dos Erres. La noche del 6 de diciembre de 1982 un grupo de hombres fuertemente armados ingresó a la aldea y sacó de sus hogares a hombres, mujeres y niños. Los caminos fueron cerrados y todo aquel poblador que transitara por los mismos, también pasó a ser capturado. La comunidad entera fue exterminada. No se sabe con exactitud cuántas personas perecieron, pero en la exhumación, realizada entre 1994 y 1995 de un pozo de 12 metros se recuperaron 162 esqueletos, entre hombres, mujeres y niños.
«Llegaron a la aldea a las dos de la mañana. Lo primero, sacar a la gente de sus casas. Luego se procedió a torturar a los hombres. Un oficial violó a una niña. Ya eran las tres y media de la madrugada. A eso de las ocho de la mañana los militares dieron la orden de ejecutar a toda la población. La ejecución en sí, sin embargo, empezó a las catorce horas: un bebé de tres o cuatro meses fue lanzado vivo dentro del pozo», afirma a LA RAZÓN Raúl De Jesús Gómez Hernández, superviviente que perdió a sus padres, algunos hermanos, tíos y primos en la matanza. «Entre las mujeres, había niñas de doce y trece años, algunas de ellas fueron violadas. A las víctimas se las paraba a la orilla del pozo, con los ojos vendados, y se les daba un garrotazo en la cabeza. Después de los niños se fueron las mujeres, después los hombres. Mucha gente todavía estaba viva. Una vez lleno el pozo se procedió a cubrirlo con tierra», nos comenta a su lado, Felicita Erenia Romero Martínez, que también perdió en Dos Erres a sus papas, a sus tres hermanos menores y a su abuelo.
«Yo escapé de milagro, conocía unas veredas por donde nosotros pasábamos con las bestias –ganado– con carga. Tenía 17 años. Pase dos días durmiendo en el bosque hasta que volví, cuando regresé a la aldea no podía hablar, tenía un miedo rotundo, ya me imaginaba lo que había pasado», recuerda.
La verdad, en el ADN
En el cementerio de la Ciudad de Guatemala primero vienen los panteones, luego las tumbas de mármol y al final, pura tierra y estaca. En esta área, donde fueron enterrados los pobres y los «desaparecidos», es donde la Fundación de Antropología Forense de Guatemala (FAFG) levanta su campamento.
José Suasnavar, es antropólogo y subdirector de la FAFG, un organismo que se dedica a restaurar la identidad de las personas. Como cada día se introduce a una fosa, 25 metros bajo tierra, en busca de respuestas. En su interior aguardan los restos óseos de personas asesinadas durante el conflicto armado.
«Hay un reconocimiento de la verdad de los familiares cuando se encuentra con los restos, en condiciones en los que algunos habían sido testigos, pero se los había callado, se había desmentido sus historias de vida. Son su prueba. Si estudias un cráneo puedes saber su edad, si fue un menor y si fue ajusticiado con un tiro en la cabeza. Los huesos son testigos de la historia», comenta a LA RAZÓN, el antropólogo.

Ahora, a luchar contra el Narco

Se espera que la tropa kaibil adquiera un papel protagonista en la guerra contra el narcotráfico durante el actual gobierno del general Otto Pérez Molina. El presidente y también ex kaibil ha dicho que recurriría al apoyo de esos cuerpos militares por el grado de preparación, y en el de los paracaidistas, por su rápida movilización. «Lanzaré a los kaibiles contra el narco», dijo tras entrevistarte con el embajador de los EEUU. Según Pérez Molina, esos grupos de elite de las fuerzas armadas pueden dar un aporte considerable en el combate directo del narcotráfico.
Sin embargo tampoco hay que olvidar que los Zetas, el grupo paramilitar que siembra el terror en la frontera con México, fue fundado por kaibiles desertores y antiguos miembros de los GAFES– la tropa de élite mexicana–. Con los recursos de mueven los distintos cárteles mexicanos, que se calcula superan cinco veces el PIB guatemalteco, podría tratarse de una lucha desigual. Una batalla pérdida si los EEUU, los mismos que indirectamente financiaron el conflicto, no apoyan la causa.


Leer más:  Los kaibiles, una tropa de élite con un oscuro pasado  http://www.larazon.es/la-razon-del-domingo/los-kaibiles-una-tropa-de-elite-con-un-oscuro-EJ931754?sky=Sky-Mayo-2016#Ttt1fWbGPt6SvdBJ
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